El lavarropas nuevo.
Terminaba junio por el campo de los López. Para Ramona, el olor a leña combinado con la escarchada mañana era el sentido del invierno: la contradicción de la cara caliente por el horno de barro y las manos frías del agua congelada.
Trabajaba ahí desde los 13. Manejaba la finca como si la hubiese levantado adobe sobre adobe.
Las manchas de humedad en las paredes, el piso de ladrillo sin polvillo y cuatro grietas, las esquinas con sus puertas que cantaban agudo y pesado antes de salir al patio. El patio invadido por el olor particular de los nogales. Los nogales: el del centro era la mejor sombra para las siestas; el de la orilla tenía más luz por la mañana y el de la esquina, que daba a la ventana de la cocina, tenía las mejores nueces, esas grandes que le gustaban al pequeño Ignacio. Travieso, con sus manitas de tierra y sus pantalones embarrados, se trepaba hasta lo alto de la copa, y crack que crack rompía nueces con su pinza de la infancia.
Solo ella sabía hacerlo bajar con su irresistible chocolatada caliente. Qué rapidez tenía ese niñito para sonreírle y escaparse de nuevo en travesuras. Picarito de ojos negros, cargados de inocencia, tan parecido al padre, Don Ricardo.
—Don Ricardo López… ¡Ah! ¡Qué nombre tan poético! —se sumía en un suspiro mientras mezclaba el dulce de ciruela preferido del patrón, y perfumaba la casa con ese olor a caramelo quemado y praliné.
Le gustaba su patrón. Más que una criada, la hacía sentir parte de la mansión.
Por la mañana, cuando le llevaba la canastita de pan cacho caliente con dulce caserito-caserito, solía mirarla y, con esos ojos encendidos, le decía:
—Gracias, Ramona. Le das vida a esta casa. Mantenés el campo y el piso como si fueran tus mismas manos.
Ah, sí. A Don Ricardo le llamaban mucho la atención esas manos delicadas. Color negro mate, siempre suaves a pesar de los quehaceres de la hacienda. Pareciera que, a pesar del esfuerzo del sol y el frío de los cauces, jamás podrían quebrantarle la delicadeza de esas manos llenas de fortaleza.
Sin embargo, cuando se acercaba al río a lavar la ropa, sus manos se ponían rojas, sus dedos se erizaban duros como ramas, su fortaleza se entumecía en nudillos torcidos de fregue y fregue. Con postura y tono protector, infalible, Ricardo sentenciaba:
—Hay que solucionar esto, Ramona —le tomaba las manos mirando las marcas ásperas que rebeldes el frío y el agua le dejaban—. Hay que hacer algo, Ramona.
Un día. Un 7 de julio, tan frío que hasta al río le costaba moverse. Rumoreaba con pocas fuerzas, daba la sensación de que ansiaba meterse y buscar refugio en una alcoba caliente y disfrutar de una fogata estilo home sweet home más que andar escarchado, luchando por sus cauces congelado.
Ramona tenía las manos en pausa, como silenciadas en su magia. Los suelos estaban con hielo, los nogales bañados en nieve y su perfume endurecido con el invierno.
La pila de ropa era gigante cuando Don Ricardo volvió de la ciudad con ese bicho. Una caja grande, blanca, fría, de metal y sin olor. Contento y con sonrisa le dijo:
—Esto es un lavarropas —con postura aireosa y orgulloso palmeaba la superficie de esa cosa blanca que ocupaba un tercio del cuarto de planchado y sogas de colgado.
Así que así era: esa cosa cuadrada, fría, pesada y ruidosa tenía nombre. “Lavarropas”.
—Con esto no vas a sufrir más, mi niña. Este aparato es mágico, vas a ahorrar mucho tiempo —la luz se le escapaba de la mirada y, con la sonrisa en frenesí, le tomaba con dulzura sus negras y finas manos.
Y ahí la dejó, en el cuartito del fondo, con ese bicho blanco y una bolsa de “jabón en polvo”.
—¡Qué atrocidá! ¡Jabón en polvo!
Valerio le había enseñado cómo usarlo:
—Es trabajo de caballo matungo, Ramona, no te preocupes, mirá: se pone la ropa acá, una medida (¿una medida? ¿qué es esto, un bizcochuelo?), una medida de jabón en polvo (¡jabón en polvo! fijáte que ahora voy a tener que ponerme a rallar), se cierra la tapa, se aprieta este botón, ¡y listo! En media hora ya está.
Parecía fácil.
Se animó a probar con las prendas chicas, calcetines e interiores.
Y ahí fue.
La catástrofe.
Había dejado el pastel de carne en el horno y las verduras al fuego; total, era cuestión de apretar un botón y volver a la cocina. El “amiguito nuevo en el cuarto de ropa” funcionaba solo.
TODO fue un desastre.
Volvió al escuchar su silencio, y agachada mientras sacaba par por par cada media, descubrió:
—¡Esa máquina se tragó un calcetín rojo! ¡EL ROJO! ¡Su único par rojo, el que hace juego con el tapado de invierno! ¡Se la comió, desapareció! Los puse juntos y no está. ¡No está!
Desesperada, revolvía toda la ropa del canasto, miraba por todos los rincones del bicho blanco, no sabía dónde más buscar.
No paraba, desconsolada con su error de confiar en ese bicho angurriento y devorador, giraba por toda la habitación buscando y refunfuñando en su descontrol.
Risueño, con el pequeño Ignacio de la mano —que miraba y se divertía burlón con la situación— le dijo su patrón:
—Tranquila, mi niña. Esa máquina tiene fama de hacer desaparecer calcetines.
Y, refiriéndose a la humareda del horno que escapaba por la cocina, agregó:
—Vos no pierdas la fama con el pastel.

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