El jardin del orgullo
Todo jugaban juntos. Los dos más chicos . Se querían y se odiaban. Típico de rulitos y ventanitas en las sonrisas.
Les gustaba jugar al "jardincito" con Ana. Su hermana mayor era la mejor seño.
Sentaditos con la mesita de cartón improvisada, la hoja blanca y los montones de colores. Él tenía cara picara, la miraba y se reía. Ella seguía al pie de la letra la consiga: Dibujen lo que cada uno ve en el otro.
Inspirada, con la lengua sobre el labio afinaba su concentración para delinear: con rojo la sonrisa, con verde los ojos, una por una las pestañas, el pelo marrón; no quiso dibujarlo tupido, mejor hacerlo lacio. Estaba concentrada y sin embargo el cuchicheo de Esteban y la Seño la desconcentró. Asomó sus ojitos a la hoja de su compañerito y el rechazo la golpeó como agua fría: La estaba dibujando como un chancho, y la seño Anita lo apañaba. La miraban y se reían burlonamente.
Con tanto enojo, miró su hoja y sin asco la destino en un bollito de papel directo a la basura.
Se terminaba el tiempo; rápido y sin pensar, dibujó su monstruo. ¡Qué Arte! Tanto monstruo surgía de su manito: orejas de caballo, nariz de perro y dientes de dinosaurio. Sabía que a Esteban no le gustaba la burla por sus rulos, con media sonrisa vengativa, desordenó tantos, tantos rulos, que parecían un remolino.
- A ver los dibujitos - resonó en la habitación la voz de Anita.
Cuando vio su dibujo: un monstruo lleno de rulos malignos de intención las y cejas juntas. Tomó el dibujo en sus manos y de pie, frente a esta pequeña y con ojos de Seño de Matemáticas, la retó. Le dijo que era una niña injusta y despectiva. Ni siquiera sabía qué significaba eso, pero por la cara de Anita, y los ojos de Esteban llenos de pequeñez, desprecio y quién sabe que otro sentimiento feo surgido con aquel papel enremolinado, efectivamente “despectivo” no era algo lindo.
Sin entender por qué la Seño era tan injusta, se desplomó contra respaldo de su sillita con los ojos clavados en las preguntas que surgían de su hoja: ¿Cómo podía ser injusta? ¡Despe—Qué ¿?... despectiva? ¿Qué es eso? ¿Por qué la retaron tanto? Tampoco era tan grave después de lo que había visto en su compañero. ¿Cómo La Seño había festejado el chancho?
Después Esteban, un poco tímido y un poco enojoso, con los dientes medio juntos y los ojos en la mesa, compartió el suyo: una princesa, su dibujo era una Princesa.
¿Cómo podía ser? Ella lo vio, vio ese chancho feo y peludo adentro de un chiquero con barrales chuecos e impares. No tenía sentido, en qué momento…
Confusa, buscó los ojos de su compañero -Peeeero… - escapó su voz entonada en tanto embrollo, en tanta injusticia de principiantes masticada. Fue todo lo que pudo decir.
Mirando el mismo punto de la mesa, respondió con los hombros apretados en las orejas
-El chancho era una broma, con Anita te queríamos hacer una sorpresa pero vos… - miró el retrato, lleno de remolinos en la cabeza y se enojó, sintió el desprecio de su hermanita, se dio cuenta: ella lo consideraba un monstruo. ¡Y los Mochos! Los molestos rulos. Se encendió, Tomó el dibujo de princesa, la apretó en sus manitos y tirándole el bollo de papel a la frente le gritó:- ¡NO QUIERO JUGAR MÁS CON VOS!
Pasaron varios días sin jugar. Cuando ella le decía algo, él, que aprendió a conquistar su ego, sólo se reía burlista.
Entendió que era más fácil lidiar en el colegio con Flor y su silencio caprichoso, a las burlas de su hermano. Tuvo que juntar el vuelto de las veces que iba al almacén para comprarle un Tatín. Menos mal que traía la figurita de Palermo, con eso lo conquistó. Se amigaron. Decidieron que su amistad merecía ceremonia. Tomaron a Palermo y haciendose patita, lo pegaron en el espejo del pasillo. Sabían que estaba a mal, que los iban a retar. Pero eso ya no importaba, estaban juntos y se divertían de penitencia los dos en el mismo rincón.
Les gustaba jugar al "jardincito" con Ana. Su hermana mayor era la mejor seño.
Sentaditos con la mesita de cartón improvisada, la hoja blanca y los montones de colores. Él tenía cara picara, la miraba y se reía. Ella seguía al pie de la letra la consiga: Dibujen lo que cada uno ve en el otro.
Inspirada, con la lengua sobre el labio afinaba su concentración para delinear: con rojo la sonrisa, con verde los ojos, una por una las pestañas, el pelo marrón; no quiso dibujarlo tupido, mejor hacerlo lacio. Estaba concentrada y sin embargo el cuchicheo de Esteban y la Seño la desconcentró. Asomó sus ojitos a la hoja de su compañerito y el rechazo la golpeó como agua fría: La estaba dibujando como un chancho, y la seño Anita lo apañaba. La miraban y se reían burlonamente.
Con tanto enojo, miró su hoja y sin asco la destino en un bollito de papel directo a la basura.
Se terminaba el tiempo; rápido y sin pensar, dibujó su monstruo. ¡Qué Arte! Tanto monstruo surgía de su manito: orejas de caballo, nariz de perro y dientes de dinosaurio. Sabía que a Esteban no le gustaba la burla por sus rulos, con media sonrisa vengativa, desordenó tantos, tantos rulos, que parecían un remolino.
- A ver los dibujitos - resonó en la habitación la voz de Anita.
Cuando vio su dibujo: un monstruo lleno de rulos malignos de intención las y cejas juntas. Tomó el dibujo en sus manos y de pie, frente a esta pequeña y con ojos de Seño de Matemáticas, la retó. Le dijo que era una niña injusta y despectiva. Ni siquiera sabía qué significaba eso, pero por la cara de Anita, y los ojos de Esteban llenos de pequeñez, desprecio y quién sabe que otro sentimiento feo surgido con aquel papel enremolinado, efectivamente “despectivo” no era algo lindo.
Sin entender por qué la Seño era tan injusta, se desplomó contra respaldo de su sillita con los ojos clavados en las preguntas que surgían de su hoja: ¿Cómo podía ser injusta? ¡Despe—Qué ¿?... despectiva? ¿Qué es eso? ¿Por qué la retaron tanto? Tampoco era tan grave después de lo que había visto en su compañero. ¿Cómo La Seño había festejado el chancho?
Después Esteban, un poco tímido y un poco enojoso, con los dientes medio juntos y los ojos en la mesa, compartió el suyo: una princesa, su dibujo era una Princesa.
¿Cómo podía ser? Ella lo vio, vio ese chancho feo y peludo adentro de un chiquero con barrales chuecos e impares. No tenía sentido, en qué momento…
Confusa, buscó los ojos de su compañero -Peeeero… - escapó su voz entonada en tanto embrollo, en tanta injusticia de principiantes masticada. Fue todo lo que pudo decir.
Mirando el mismo punto de la mesa, respondió con los hombros apretados en las orejas
-El chancho era una broma, con Anita te queríamos hacer una sorpresa pero vos… - miró el retrato, lleno de remolinos en la cabeza y se enojó, sintió el desprecio de su hermanita, se dio cuenta: ella lo consideraba un monstruo. ¡Y los Mochos! Los molestos rulos. Se encendió, Tomó el dibujo de princesa, la apretó en sus manitos y tirándole el bollo de papel a la frente le gritó:- ¡NO QUIERO JUGAR MÁS CON VOS!
Pasaron varios días sin jugar. Cuando ella le decía algo, él, que aprendió a conquistar su ego, sólo se reía burlista.
Entendió que era más fácil lidiar en el colegio con Flor y su silencio caprichoso, a las burlas de su hermano. Tuvo que juntar el vuelto de las veces que iba al almacén para comprarle un Tatín. Menos mal que traía la figurita de Palermo, con eso lo conquistó. Se amigaron. Decidieron que su amistad merecía ceremonia. Tomaron a Palermo y haciendose patita, lo pegaron en el espejo del pasillo. Sabían que estaba a mal, que los iban a retar. Pero eso ya no importaba, estaban juntos y se divertían de penitencia los dos en el mismo rincón.
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